martes 20 de enero de 2009

J. Radolub

Si buscas su nombre por Internet lo más probable es que solo salgan cuatro o cinco enlaces incluyendo el que estás leyendo ahora mismo. Poco se sabe de él pero, afortunadamente, lo que nos ha dejado no tiene precio.

J. Radolub (Final XIX- Mediados XX) fue un hombre nacido en Rusia. Luchó en la primera guerra mundial como soldado raso en el bando zarista. Cuando la guerra mundial terminó para Rusia con la revolución comunista de 1917, Radolub emigró y se estableció en Argentina sin dinero en sus bolsillos. Pobre declarado y sin necesidad de tener demasiado dinero se ganaba la vida humildemente enseñando Ruso a poquísimos alumnos, se cuentan 2 o quizás 3.

Dedicaba su tiempo libre -y aquí viene lo interesante- a escribir y distribuir panfletos sobre los poderes -tanto políticos, religiosos, económicos y nacionales- ocultos.

Sus escritos son el ejemplo de alguien que no pidió ni obtuvo reconocimiento; de alguien que dedicó su vida a relatar a un pueblo ignorante los entresijos de algo escondido a base de manipulación, confusión y puro tergiversalismo que es el mundo de principios-mediados del siglo XX; y que, desde luego, llega hoy a cotas difícilmente superables.

He aquí su panfleto más conocido, viene a ser una "Guía para someter y esclavizar a los pueblos".



1: Deformar la mente a través de la enseñanza disolvente.


2: Quebrar la estructura de la familia.


3: Degenerar las artes y envilecer la literatura.


4: Minar el respeto hacia los credos, provocar disidencias en sus jerarquías y trabar su accionar e influencia moral en el campo estatal o político.


5: Favorecer el lujo, las modas fantásticas, los gastos irrazonables y poco a poco excluír la posibilidad de gozar las alegrías senzillas.


6: Desviar la atención de las masas mediante diversiones estúpidas, espectáculos embrutecedores, etc. Distraer al pueblo con futilezas para así impedir el criterio sano que lo conduce a analizar problemas de real trascendencia.


7:Aturdir a las gentes con ruidos estridentes, debilitar el organismo mediante modos de vida desnaturalizados.


8: Incitar a los odios, las envidias y el descontento entre las clases sociales, reemplazando así a los dirigentes eficaces alimentando el culto al becerro de oro.


9: Manipular y destruir acuerdos entre el obrero y el patrón por medio de la explotación y el cierre patronal. Impedir a toda costa el entendimiento entre trabajo y capital.


10: Corromper las clases adineradas e incitar a la desesperación a los pobres contra las mismas.



11:Destruir las clases rurales promoviendo una economia de ficciones monetaristas sin sustento en la riqueza real de las naciones.

12: Cultivar y difundir toda clase de utopías a fin de llevar a los pueblos a un laberinto de ideas posiblemente realizables si éstas se llevaran a cabo con unidad, convirtiéndolas finalmente del todo irrealizables.

13: Encarecer la vida con salarios ilusorios mediante la inflación y la desvalorización monetaria.
(


14: Provocar la desconfianza a nivel internacional, promover la creación de sectores antagónicos. Crear una dialéctica de falsas oposiciones entre partidos políticos aparentemente rivales, pero umbilicalmente unidos por lazos inconfesablemente ilegales.


15: Impedir, si es necesario con la fuerza, la creación de estados nacionales autárquicos.



16:Elevar a los poderes públicos a individuos comprometidos con empresas dominadas por la usura internacional (bancos, petroleras, etc.).


17: Imponer como dogma intocable en la educación las ideologías universalistas sustentadas básicamente en principios materialistas o los entendidos como "liberales".


18: Promover la agonía de los estados nacionales calumniándolos como expresión de egoísmo, discriminación o guerrerismo.


19:Pauperizar primero y principalmente a la clase media por su natural independencia.



20: Crear polos de poder internacional aparentemente antagónicos y sugerir como única "salvación" ante las crisis bélicas la constitución de un gobierno mundial, realizándose así la "profecía" del poeta y periodista Heinrich Heine que añado a continuación: "Un pastor con un cayado de hierro conduciendo a un rebaño de ovejas esquiladas que balarán al mismo son".



Ya está. Cualquier parecido con la realidad...

viernes 12 de diciembre de 2008

primera persona del present del verb estimar

Moriré al marge de l'elexir de les teves carícies...

Tenir-te al costat,
o viure amb el cor moll i els ulls encongits.

Estima'm,
M'aferraré a tu, vida.

domingo 19 de octubre de 2008

Ai, tothom fa microrelats.

Oh, què trista va ser la seva tornada.
I va venir un dia tota xopa, la mala puta.
En cada un dels racons verds i grisos i blancs i de tots colorins, vaig enmirallar la seva cara dins l'enquadrament d'un din-A4.

La llum de la tarda i el vent del migjorn van elevar les celles d'un déu sinistre tancat dins la gàbia, xupant amb força el tubet on li posava -quan me'n recordava- tres-cents seixanta-cinc mililitres d'aigua i vint-i-quatre pipes. El temps recalcava el seu record borrós.

El dia era clar, la llum enlluernava la cantonada perduda de la seva fisonomia. Els seus dos volcans van escopir, fa ja uns quants anys, la quantitat justa de lava per coronar el cim.

Bañeras y bragas

Cuando abrí la puerta del baño me la encontré allí, sentada en la taza, completamente dormida, con las bragas bajadas hasta las rodillas. Su cabeza descansaba apoyada en el borde derecho de la gigantesca bañera que habíamos comprado. Una bañera maravillosa, de veras. Habíamos estado ahorrando durante mucho tiempo para poder tener un lujo así. Y créame, valió la pena estrecharse el cinturón durante unos meses. Ya sabe, en algún momento todo el mundo se debe permitir algún capricho. Y ése era el nuestro. Lo estuvimos hablando durante tiempo. Recuerdo que ni tan sólo vivíamos juntos cuando nos prometimos que tendríamos la gran bañera donde ahora ella apoya la cabeza.

Verla así es algo realmente obsceno. De vez en cuando –debe estar teniendo un sueño en este preciso instante- mueve la pierna izquierda. Es un pequeño espasmo. Es pequeño pero tenaz, veo como avanza por cada rincón de su cuerpo. Se desplaza lentamente hacia la derecha buscando un lugar donde apoyarse. Al estirar un poco las piernas noto que sus bragas van bajando cada vez más. Ahora están a la altura de los gemelos. Cuando pasen el sutil bulto caerán al suelo por completo.

En ocasiones me pregunto la razón de sus frecuentes episodios de sueño. Antes no ocurrían tanto. Recuerdo su cara despierta a las cuatro de la mañana, sentada en el sillón del salón, con la luz encendida. Hojeaba un libro, no me acuerdo del título ni el autor. Los libros están en simbiosis con ella. Es una lectora voraz; las páginas del libro se volatilizaban con extrema rapidez, como si fueran las virutas sopladas de una goma de borrar. En ocasiones me levantaba para ir a coger un vaso de agua a la cocina. Y allí estaba, leyendo como siempre. Sin quitar sus ojos del libro, me saludaba de una forma extraña, casi perdida. Y luego me preguntaba si estaba durmiendo bien. Yo le respondía cualquier cosa, no tenía ganas de hablar en esos momentos. Volvía a la cama después de darle un beso y continuaba durmiendo. Mientras, ella seguía con sus cosas. Cuando me despertaba por la mañana la encontraba ya vestida. Siempre impoluta. Como no solía dormir mucho me preparaba el almuerzo veinte minutos antes de que se fuera. Cuando me sentaba en la mesa de la cocina ella me esperaba con su café en la mano. Me besaba en la boca y luego me comentaba algo de las noticias. Al cabo de unos minutos cogía sus llaves, la chaqueta y se marchaba.

Entonces me desnudaba y me dirigía a la bañera. Tendríais que ver las burbujas. Subían rápidamente desde el fondo y estallaban como globos al llegar a la superficie. Iba poniendo la mano bajo el generoso chorro de agua de vez en cuando para calcular la temperatura óptima. Treinta y nueve grados. Ni uno más ni uno menos. La perfección era una cifra; la belleza una sensación de calor agradable que entraba dentro de mí. Alegre como un niño pequeño saltaba dentro de ella y me inundaba por completo. Y al cabo de unos instantes mis pulmones hacían el resto. Me elevaba; flotaba en el más inmenso placer. Las burbujas brotaban en el lugar menos esperado, lamían mi espalda con una suavidad extraordinaria para morir al final de mi cuello acariciándome los cabellos. Mis piernas se podían mover libremente. Las trabas no existían, estaba en el paraíso.

Cuando el reloj me llamaba para salir de la bañera una parte de mí moría. Un trozo lo bastante grande para notarlo. Seguro que lo ha sentido. Algo se desprende de su cuerpo; mira con detenimiento cada una de sus extremidades; al comprobar que están bien, se fija en sus dedos. Sus grandes o pequeños o finos o gruesos o largos o estrechos dedos de la mano. Comprueba que no falta nada en su mano. Después mueve las piernas para saber que está todo en su sitio. No se trata de una lesión, lo acaba de descubrir. Es una parte del alma que huye a través de su boca, le está abandonando montada en un avioneta gris. Sólo puede decirle adiós con la mano, ella le mira sonriente y se eleva hacia el cielo. Pero no esté preocupado; aún tiene alma para años.

En cambio… mírenla a ella, mi pobre Laura. Hay días que parece un alma en pena. Me da un beso, se sienta en el sofá. Se encuentra mal. Dice que su vientre está hinchado, que siente picor en los ojos y que está mareada. Sus ojos negros me miran. Aunque se ve desmejorada desde que empezó a tener esos problemas, sigue siendo una muchacha preciosa. Su cara ya no es tan fina y, además, se están empezando a formar dos pequeñas bolsas bajo sus ojos. Pero sigue siendo ella. Por eso mismo decido hacerle un regalo. La desnudo lentamente mientras le beso el cuello. Ella sonríe vagamente. Le quito el sostén con la mano que tengo libre y lo lanzo al aire. Y me la llevo a la bañera. Empiezo a preparárselo todo. Y la dejo sola para que se relaje. Después de cerrar la puerta me siento en el sofá y escucho un poco de música. Adoro la música ligera. Y luego abro uno de sus libros y empiezo a leerlo durante unos minutos. Los minutos se hacen horas.

De pronto pregunto por ella. Las agujas del reloj han muerto; la luz tintinea cada veinte segundos. En la televisión un hombre gordo habla de sexo oral. Entonces pienso en ella. Abro la puerta del baño. Sus finas bragas blancas flotan en el agua. Y ella espera, sin regalarme una mirada, a que llegue el tren.

Y descubro entonces que la vida es una mierda. Y que ella, con el culo tapiando la taza, se declara -sin saberlo- protectora de un ecosistema irrompible.

martes 12 de agosto de 2008

Felicidades, señor Lipuot.

El día 5 de marzo fue el aniversario de Jarom Lipuot. Se levantó despacio y ciego; un pequeño fulgor de día percutía en sus ojos aún poco acostumbrados a la luz. Se tocó los ojos tres veces, quitándose en cada ocasión las pequeñas lagañas que se habían formado durante la noche. El pequeño despertador de la mesilla sonaba tarde y cansado; hacía ya años que el señor Lipuot se despertaba cada vez -sin demasiado gusto- más pronto que su reloj. Se vistió con mucha tranquilidad. Se puso los pantalones con una lentitud calculada, remendó las mangas de su camisa y colocó bien un botón del bolsillo derecho de la misma, que se había caído la noche anterior.

Jarom Lipuot era conocido en todo el barrio. Cada mañana salía de su casa vestido de gala y se paseaba por las anchas avenidas de la ciudad, en ocasiones florida, en ocasiones manchada por las hojas marrones que iban cayendo al término del verano. Entraba en una cafetería donde los asiduos le saludaban con anchas sonrisas y le hablaban de la rutina política y otras banalidades, a las que él siempre respondía con una grata mirada y un trato amistoso. En alguna ocasión Lipuot se enorgullecía del trato de gentes con el que había estado educado, o de las tertulias en las que participaba cuando los días eran demasiado fríos para caminar por diversión, por lo que nunca le faltaban admiradores de sus gestos, sus palabras y su pulcra cordialidad.

Apartó las bolsas de basura con las que dormía a diario y se desplazó a la cocina, intentando esquivar sin demasiado éxito los montones de deshechos que se acumulaban en el estrecho pasillo de su casa, que era vieja y ruinosa. A Lipuot le gustaba recoger las cosas que los demás tiraban. Su abuela siempre decía que la gente derrochaba el dinero y que en ocasiones se encontraba algunos objetos de valor dentro de los contenedores, señal que demostraba que el mundo estaba loco. El tomaba nota y decidió, con 45 años, que era momento de ahorrar en decoración, pues la gente gastaba el dinero en productos de moda y tiraba los productos que habían estado de moda el año anterior. Desgraciadamente, Lipuot siempre había tendido a los extremos, por lo que terminó, un par de años atrás, cogiendo hasta el papel plateado de las chocolatinas, contándose a sí mismo como excusa que servirían para hacer un bonito empapelado en la pared del comedor.

Ése día, 5 de marzo, Lipuot cumplía 68 años. Y por ello, no podía faltar su rutinaria charla en la cafetería. Lleno de alegría, imaginando todos los amigos que le estarían esperando para felicitarle, se dirigió a la puerta, bajó las escaleras y salió a la calle.
Unos minutos después llegó a la cafetería. El señor Lipuot, rojo como un tomate, abrió la puerta de la cafetería y entró. Nada más asomar la puerta, cinco voces le aclamaron:

-¡Felicidades, señor Lipuot! ¡¿Como se siente hoy, que es su cumpleaños?!
-Muy feliz... ¡Qué sorpresa! No esperaba esta gran entrada, amigos míos... Estoy bastante avergonzado, si os he de ser sincero...

José Morales, el dueño de la cafetería, era amigo de Lipuot. Un buen día, mientras él y yo almorzábamos juntos, me contó un poco de la vida de este sujeto.

-Lipuot era, según me respondieron los que le conocían bien, un hombre desgraciado, falto de amigos y de familia. Sus padres se fueron a un lugar lejano, dejándolo con su abuela, una mujer que, con perdón, estaba un poco chalada. Siempre hablaba de un hombre que paseaba por la calle, un tal Gastetzi. La pobre mujer se pasaba el día contando historias de un señor que existía en su cabeza. En fín, ya sabes de qué va el asunto. La gente no lo aceptaba.
Un buen día apareció ese hombre en la cafetería y se sentó en la barra. Empezó a hablar con todo el mundo; con jóvenes y viejos, con hombres y mujeres... Y lentamente fue tomando la confianza de las personas que se reunían allí. Con la conversación, salió el tema de su aniversario. Todo el mundo le felicitó, le dieron salvas e incluso le cantaron una canción. El pobre hombre no podía ni respirar de la alegría que sentía. Tendrías que ver su cara. Estaba atónito y encantado a la vez. Estuvo un rato más hablando y finalmente se marchó. Hasta aquí todo era bastante normal. Pero al día siguiente volvió. Y con la conversación salió el tema de su aniversario otra vez. La gente se quedó extrañada, e ignoró el comentario. Al cabo de unos minutos de silencio, estalló en cólera y llantos. La gente, asustada, no tuvo más remedio que felicitarle. Y mira, aún estamos así. Se le coge cariño, de todas formas. Alegra un poco el día a esta cafetería. Hemos pensado de poner una placa con su nombre. Mírale, por allí viene. Siempre hace igual. Se mira en el cristal, se peina un poco. Se pone rojo, mírale. Pone su mano temblorosa en el pomo, lo gira y...


-¡FELICIDADES, SEÑOR LIPUOT!

lunes 4 de agosto de 2008

Silencio

Se conformó con una mirada rápida y automática. Su cara estaba pálida como la de un muerto; los pequeños platos con gelatina seguían temblando después del fuerte golpe que él propinó a la mesa. El canario que los dos habían comprado en navidad emitió un chillido. Quedándose mudos durante un espacio de tiempo que se hizo más grande que una montaña, Carla cogió la cuchara con su mano izquierda y cortó la gelatina de fresa que tenía enfrente por la mitad. Un corte dotado con la destreza de un cirujano experimentado.

-¿Por qué me miras así?- dijo la chica, esperando una respuesta que rompiera un hielo perpetuo.
-¿Y por qué tú no me miras?

Las palabras de su chico se diluyeron lentamente en un precipicio que parecía no tener un fondo establecido. Carla decidió hacer otro corte, esta vez pequeño, en la superficie derecha de la gelatina. La cuchara tocó el plato. Un golpecito metálico. Nada más. Y sin embargo, éste pareció una explosión inmensa. Él permanecía quieto, mirando la madera de la mesa. Una fina astilla aparecía en el borde del tablón contrachapado. Los pequeños surcos de su sombra se veían traicionados por la profundidad de la luz que aparecía por la espalda de Carla. La astilla permanecía allí a pesar del extraño trabajo que hizo la luz para simular su movimiento.

-¿Qué te pasa? ¿No vas a decir nada?

No quería hablar. ¿Para qué? Se le revolvía el estómago cada vez que quería abrir la boca. Se levantó y dio unos pasos hacia el fondo de la habitación. Bajó la persiana unos dedos. La puesta de sol era digna de contemplar, pero aumentaba la psicosis del muchacho. Movió el cuello, crack. Se volvió a sentar con un cierto mal estar en la rodilla. De repente, la chica se violentó. Dio una patada a la pata izquierda de la mesa, la que tenía más cercana. Ésta se estremeció e impactó contra el armario, que hizo temblar la jaula del canario. La jaula cayó al suelo. El pájaro revoloteó unos instantes después del golpe, pero de pronto, se sintió cansado. Se paró, agarrado a uno de los palos de metal. Ni tan sólo se inmutó. Patas arriba, sus alas permanecían abiertas. La cabecita del animal estaba mirando a un lado. Todo volvió a ser silencioso.

-¿Ves lo que has hecho? Acabas de matar a Peaux. -Dijo él-.
-No he sido yo. En teoría no se ha hecho daño... ¿No has visto cómo se movía cuando ha caído su jaula? Ha sido el susto. Se le ha parado el corazón.
-Pobre Peaux. Seguramente no lo esperaba.
-¿Qué hacemos? Lo mejor será tirarlo a la basura.
-¡No seas insensible! Merece un entierro. Un entierro bonito y emotivo. Si tu hijo se muriera de un infarto no lo tirarías a la basura. O quizás si, todo el mundo sabe que eres una psicópata de mierda.
-Me das asco. ¿Cómo puedes decir esas cosas? No compares un canario con un niño muerto. El canario no sabía decir ni papá ni mamá. Y eso que ya hace tiempo que lo teníamos.
-Los canarios no hablan.
-¡Cállate, joder!
-Pues lo quemaremos. Y se acabó el problema. Si hay gente que se incinera, está claro que para un canario eso no estará nada mal.
-Si lo tiramos a la basura lo incinerarán.
-Entre toda la mierda de la ciudad. ¿Te parece digno eso?

Los dos se levantaron y quitaron a Peaux de la jaula. Lo envolvieron en papel de baño y lo metieron en una caja de puros. Lo dejaron en la encimera de la cocina. Se volvieron a sentar en sus respectivas sillas. Ella se terminó la gelatina de fresa, que se había ido calentando con el transcurso de los minutos. Su cara seguía pálida.

-¿No vas a decir nada?

domingo 3 de agosto de 2008

Gracias por las gracias

Es un tenedor de tres dientes; aquél hombre que se sienta en la barra del bar me lo dio por accidente. Un pobre borracho, me dijo el camarero mientras lavaba unos platos de color gris desgastados y finos como perfiles de aguja. Usted no sabe que hace con lo que le ha dado. Me miró por un espacio corto de tiempo. Como siempre, cuando algún desconocido me mira a los ojos, aparto la cara y miro a otra parte.

Sin atreverme a preguntar siquiera por el origen de sus palabras cogí mi periódico, lo doblé por donde pude y me levanté. Tenía el pequeño tridente en la mano izquierda. Lo agarraba con fuerza, tanto que me dolía. La gente me hizo una pasarela, como si fuera el hijo pródigo de un bar de provincia. ¡Señor! Se olvida de pagar. Cuando me giré todo el mundo estaba atento, observándome. No soy un ladrón, digo con cierto mal estar. Odio ese silencio de burla o expectación. Siempre viene a ser el mismo, pero en la situación incómoda se ve aumentado en un primerísimo plano. Me quedo callado y saco la cartera. ¿Cuánto es?, pregunto al camarero. El camarero se queda callado. Todo el mundo está callado. Mi voz ha retumbado en las paredes. Pronuncio un eco que quizás sólo yo puedo oír. Seis con ochenta. Abro la cartera y pongo un billete de cinco y una moneda de dos en la barra. Se me cae el tenedor al suelo. Me agacho un momento, siempre mirando hacia la barra, escondiéndome de los pensamientos ajenos. Lo vuelvo a agarrar y, lentamente, me poso en el taburete esperando el cambio. Me lo tira a la mesa. Lo cojo y no me paro tan sólo a guardarlo en la cartera; me lo pongo en el bolsillo derecho del pantalón. Me he puesto tantas monedas en el bolsillo que ya me parece oír siempre el criscsh del dinero chocando entre sí. Salgo del bar lentamente. Aparentar tranquilidad después del espectáculo es una gran cualidad que siempre he tenido.

En la esquina me espera el pobre borracho. Está posado en la pared. Me cruzo con él, intentado ser más silencioso que la brisa que corre en ése instante. Escucha... No escucho. No quiero escucharte. Pero mi boca se avanza y le digo que hable. Tienes un tenedor en la mano derecha. Me manda una mirada turbia. Este tenedor que llevas en tu mano derecha es mío, ¿por qué lo tienes? Me confundo. No tengo nada que decir. Sí, tengo algo que decir, pero no quiero decirlo. ¿Acaso lo quieres? Si no es así, ¿por qué razón lo tienes en la mano? Me quedo pensando, estoy completamente anulado. Tú me lo diste. Es de educación aceptar los regalos de los demás, ¿no? Le respondo como puedo. Me observa apenado.

-¿Educación? ¿Acaso no es educación dar las gracias cuando te dan algo? Porque yo no he oido ningún tipo de agradecimiento.
-No tienes que esperar nada a cambio de tus actos, parecería interés y eso no es educado.
-Dar las gracias es educado, de todas formas. Aunque no sea obligatorio es una muestra de buena fe. Y eso es algo que denota buen estar y una educación palpable.
-¿Quieres que te dé las gracias? Si es lo que quieres yo lo hago.
-No, no lo hagas, si no te sale por ti mismo no lo tienes que hacer. Eso sería obligarte a algo; es algo feo. Yo, como buen huésped, te doy las gracias a ti por ofrecerme tus gracias por educación.
-Gracias por las gracias, pues.

Cuando llegué a casa las paredes se habían hecho un poco más amplias. Me quedé mirando el tenedor.


jueves 31 de julio de 2008

El vacío

La puerta del desván se abre cada vez que una corriente de aire caliente se acerca. Las noches de Mayo se caracterizan por la frecuencia de portazos en toda las casas. En el pueblo existe una leyenda que ha aguantado el triste peso de los años. Los fantasmas se acercan a las casas de Torrearán en las noches de Mayo pidiendo resguardo. Al ver que no se les hace caso o que simplemente, sea cuál sea el motivo, no se les oye, deciden entrar en la casa y hacer estallar las puertas una y otra vez, pidiendo la atención que no se les ha dado. Se dice también que el aire caliente es el hálito de los muertos que rodean la casa. Los cristales de las ventanas se empañan sin motivo alguno; los pequeños pomos de las puertas reflejan imágenes de los nuevos huéspedes.

La mesilla que habita en la habitación de Carlos Lasón contiene papel vegetal, un CARBONCILLO y una pequeña lupa antigua chapada en plata, regalo de su padre cuando cumplió los siete años. La cama está perfectamente hecha, sus sábanas son grises con pequeños lunares blancos. En la silla cercana a la cama espera sentada Ana Dejuán, estudiante de cuarto año de enfermería. Tiene un pequeño brazalete claro puesto en la muñeca derecha que resalta una piel morena, armónica y desnuda, que de algún modo se ve destruida por un par de hilillos blancos tatuados en cada hombro. Sus pechos también están blancos como la leche.

Ana tiene un poco de frío. Hace unos minutos que espera y Carlos Lasón, su amigo, no se digna en aparecer. Le tiritan los dientes sin que pueda evitarlo, y sus labios van tomando, a medida que pasa el tiempo, un tono morado y estéril. Al cabo de unos segundos grita a Carlos para que venga. Una respuesta lejana retumba en las paredes anchas y altas de la casa: <>. Pero sigue sin llegar.

Ana, aburrida y fría, se levanta y da un par de vueltas a la habitación moviendo rápido los brazos, que acarician cada lugar de su cuerpo. Abre la mesilla buscando un cigarro y encuentra los objetos que Carlos guardaba. Recoge la lupa y empieza a matar el tiempo observando objetos, tocando la lente y leyendo la inscripción que contiene la empuñadura.

-Para mi hijo, que como Colombo, será un buen detective.

Ríe
unos segundos y deposita la lupa encima la cama mientras coge el papel vegetal y el carboncillo.


Se tumba sin saber qué hacer. Decide entonces empezar a calcar sus costillas. Sus blandas, pequeñas y marcadas costillas. Dibuja una ralla con el carboncillo, aprieta el papel y empiezan a aparecer las primeras imágenes. En algún momento siente un pinchazo de dolor <<¡Au!>> pero no se detiene. La última es la que cuesta más de encontrar, murmura la chica mientras emborrona el papel de rallas perdidas. La palpa, la siente, ésta es bastante corta. Consigue plasmarla al cabo de unos segundos.

Extrae el papel de su costado y lo mira durante unos segundos, cosiendo los trazos con sus ojos oscuros. Mira la puerta y ésta se cierra, mira las ventanas deformadas por el halo de los muertos y decide trazar los huesos de su mano.